domingo, 20 de abril de 2008

Herpetofauna

Se nos sitúa en escena el mapa de la Península con mayúscula, a vista de satélite.
La lente se ajusta y, en un visto y no visto, estamos en la rivera del Alagón, en el trecho donde casi funde sus aguas con las del Tajo (ese río que surca, desde las fosas nasales de la Sra. Ibérica, gran parte de su cara granuda, cual hilillo de mocos cristalinos mal retirado) en un abrazo que durará hasta que el hambriento Atlántico se los trague.

Justo allí, a la sombra de un chopo, una piedra parece revolverse en un sueño intranquilo. ¿Una piedra? No, no… Se trata de una salamanquesa perezosa, que dormita con el ojo izquierdo entreabierto, esperando a que la luna salga a su acostumbrado paseo de alterne.

De repente, algo altera su descanso: como si de un dios fluvial se tratase, hace su aparición un atlético ser entre toda una parafernalia de gotas de agua que, al mirarse cara a cara con el astro mayor, proyectan una serie de pequeños arcoíris en el suelo pedregoso. Tras un salto de casi cuatro veces su envergadura se deposita ágilmente junto a nuestra sorprendida protagonista. Sólo faltaba haber finalizado la acrobacia con un “¡Taráááááán!”

-Patético.- escupe la salamanquesa con un ruido irritante saliendo desde lo más hondo de su garganta.

Gira todo su cuerpo en un espasmo sorprendido la pequeña rana que acababa de llegar y siente cómo se estremece todo su cuerpo al ver a tan corta distancia tamaño monstruo de fauces enormes. Paralizada, puede incluso intuir el tacto áspero de aquella piel arenosa y se achanta por la pesadez sobre sus ojos coléricos de la profunda mirada escrutadora de la salamanquesa; sus pupilas verticales, lobuladas como si trazaran una y otra vez el ocho invertido del infinito.

-Bu-buenas tardes … qué buen día hace ¿n-no?- croa la rana.
-Odio el sol.- zanja el agrio anfibio, mientras despega sus patas de goma del suelo lentamente, haciendo ademán de acercarse aún más.
La asustada pseudo-cena, hace lo propio y alarga sus ancas hasta conseguir una falange más de confortante distancia.
-¿Dónde vas?-la voz que sale de las profundidades de esa boca tan torva es sumamente chirriante.
-Oh… tan sólo quería… quería… apartarme un poco, sí, apartarme para coger…aire. No se vaya usted a molestar. Es que… tengo que contarle… mmm…¡mi increíble historia!- la espalda le brilla por la excesiva transpiración de su piel de manzana.
La salamanquesa prefiere dejarse de preámbulos y coloquios, nada mejor para empezar la jornada laboral que un almuerzo fuera del menú habitual…
-Pero…¡no se acerque más, señora! NO, o caerá presa de… ¡del mágico hechizo del encanto de mi relato! Puede que le parezca imposible, sí, todo el bosque comenta lo imposible de mi fascinante experiencia, pero yo estoy seguro… ¡le he visto!
La espectadora termina cediendo a detenerse. Aunque detesta eso de jugar con la comida no puede evitar sentirse un poco intrigada.
-¿A quién?
La rana resopla, como si la respuesta resultara evidente y sigue con su improvisada distracción cada vez más confiada.
-¡A quién va a ser! A ese pez misterioso del que hablan hasta los caracoles, ¡por favor!- su oyente no tiene cejas que fruncir, pero se le nota el desconcierto en la cara- Sí mujer… que es blanco y rojo, sin escamas y nadie sabe cómo es capaz de respirar…¡no tiene branquias!
-Aaaah…¿Ése? Pero si es una leyenda riachuelana, ningún pez llega del Jerte aquí y chapotea para contarl…- la salamanquesa que iba tan pagada de sí misma se queda absorta, fijando sus enormes ojos negros en aquella cajita roja y blanca que seguía el empuje de la corriente a una velocidad pasmosa.
-¡¡Se lo dije!! Ahí tiene la evidencia, no he visto ser más raro en mi vida y que me frían si miento
-Pero… ¿de veras es eso un pez?
-Ah...quién sabe, quizás sea un alma hermética bicolor que tenga prisa y nade cada vez más rápido para no empapar su dulce contenido…


No pudo evitar la depredadora salir de su ensimismamiento al oír algo tan erudito como para provenir de la papada frenética de una simple rana. Pero, para cuando quiso cuestionar su interpretación, ya se perdía entre las aguas con un sinfín de ondas perfectamente trazadas a su paso.
La salamanquesa maldijo chirriando de nuevo.









3 comentarios:

Noor dijo...

Nuestra cajita estará ya por allí, o incluso más lejos. ¿Te lo imaginas? ¿Dónde estará?

TeA :****************************!!

Aramel dijo...

Hola, gracias por el comentario, la verdad es que me alegro mucho que lo que hago guste a la gente.. :)

estudié ilustración, y en salamanca no tengo ni idea si hay, aquí en logroño ya lo quitaron de los estudios.. es cuestión de rebuscar a ver donde habrá.
te deseo suerte, y muchas gracias de nuevo!

Salamanquesa is not un anfibio dijo...

"rivera del Alagón"
Es "ribera". Con "b".

"pequeños arcoíris en el suelo pedregoso"
No lleva tilde.

"-Odio el sol.- zanja el agrio anfibio, mientras despega sus patas de goma del suelo lentamente, haciendo ademán de acercarse aún más.
La asustada pseudo-cena, hace lo propio y alarga sus ancas hasta conseguir una falange más de confortante distancia"
Las salamanquesas son reptiles. NO ANFIBIOS.
(Esto ya es grave... eres un caso de grave falta de cultura general)

Tú puedes