miércoles, 29 de octubre de 2008

El punto de vista del espectador

Bajo el paraguas aquellas gotas proseguían con su suspicaz asedio al silencio. Al frente, el río que antaño fue pavimento aparecía contaminado de sangre y uranio, reflejando luz de un verde fantasmal y un rojo mortecino. Junto a mis hombros una cantidad decente de transeúntes esperaban, repiqueteando el suelo con sus pies de impertinente impaciencia. Me fijé en los de mi derecha (siempre uno muestra su lado más interesante cuando mira así, o eso dicen). Una niña tiraba del abrigo de su madre, balanceando su cuerpecito de un lado a otro mientras canturreaba una cancioncilla que yo no conocía. A su lado, un supuesto economista hirsuto hablaba por el tumor que cerraba su extremidad de la crisis y junto a él, un chaval, encantado con el bailecito de la pequeña, se contenía la risa; alegría tan desacorde con la joven que cerraba la fila.
La vi de refilón, entre las varillas de los dos paraguas que se alineaban junto al mío, casi por casualidad, pues se camuflaba en la oscuridad como gata negra de no ser por su expresión, esa cara tan desgarradora como jamás había visto. Mirando al suelo sin mirarlo, desenfocada, supuse que porque lloraba, (aunque habría sido difícil de demostrar con semejante diluvio universal). Su pelo oscuro escupía gotas como un grifo mal cerrado, algunas caían al charco que había bajo sus pies, otras empapaban aún más su abrigo, y otras iban a parar a sus labios entreabiertos, que dejaban medio ver un par de dientes pequeños, sugerentes. Las manos inertes daban la sensación de querer proteger algo precioso, pero perdido. Y temblaba.
En esos segundos, quizá por su desvalía y flaqueza o por la tristeza que emanaba de aquel par de cejas contraídas, juro que la quise con todas mis fuerzas. Hasta podría haber sido el amor de mi vida. Pero, de pronto, apretó los puños y saltó a correr cuando el semáforo iluminó de nuevo la calle con los mismos colores daltónicos pero en diferente orden.
Por supuesto que no la seguí, qué tipo de maníaco obseso creen que era yo, pero tardó un tiempo en despejar mi mente, no así el cielo que aún seguía encapotado cuando llegué a casa.

8 comentarios:

danae rain dijo...

Preciosa historia. ¿quién no ha alimentado un charco con lágrimas o ha apretado los puños de impotencia? Debiste correr tras ella, o quizá no. Los semáforos daltónicos tienen la culpa de todo. Besitos lluviosos

Noor dijo...

Mágnifico contemplar las barreras del hombre.

TeA :*********!!

El Dueño de los Cajones dijo...

me dio curiosidad...

danae rain dijo...

Ya te hacía yo corriendo en cuanto el semáforo te lo permite. Pero a veces ponerse en el papel del otro nos da otra perspectiva de la historia. Me gustaría saber dónde llegó la chica llorosa ...

Kane dijo...

Me ha gustado mucho la descripción de la chica y de las gotas sobre su rostro y cabello.

¡Un blog muy interesante!

3ster dijo...

Interesante texto y fotografía, tocaya con "h" :D

Un saludin

X dijo...

Yo me habría enamorado. :)

Yyrkoon dijo...

Interesante estilo, volveré.